15. INSERCIÓN SOLICITADA POR EL SEÑOR DIPUTADO MOYANO

Presupuesto General de Gastos y Cálculo de Recursos de la Administración Nacional para 2016

Nos encontramos en este recinto debatiendo un presupuesto que sabemos que no se va a cumplir pero que es una oportunidad para marcar las inconsistencias del relato y la realidad económica. El presupuesto no presenta herramientas para abordar los desequilibrios macroeconómicos. De nuevo parece ignorar la importancia de sostener los superávits gemelos para determinar la política económica desde una posición soberana; cuando un país no produce lo que gasta, inevitablemente el endeudamiento y la emisión llevan a pagar a los más humildes las consecuencias de las malas políticas económicas a través de la inflación. Siempre la emisión descontrolada y el endeudamiento los pagan los más humildes.
En los años que me tocó debatir el presupuesto en esta Honorable Cámara, el gobierno apeló a la trampa de comparar la situación del país con la que heredó en 2003, evitando así la evaluación de la última administración que comenzó. Son tan innegables los aciertos de los primeros años como los errores de los últimos, sobre todo a partir de las consecuencias del cepo cambiario que ha profundizado todos los problemas de nuestra economía: inflación, salario real, empleo privado, PBI industrial, superávit fiscal y financiero, exportaciones, deuda y, sobre todo, reservas. Todas son variables que empeoraron si las comparamos con las de 2011.
Cuando ese año se hizo a un lado el debate sobre la participación de las ganancias de los trabajadores para hablar de sintonía fina, el gobierno no hizo más que profundizar nuestros problemas estructurales. Un dato contundente del libro de Kosacoff, Grasso y Diego Coatz titulado La Argentina Estructural muestra que el producto bruto industrial creció un 68,4 por ciento entre 2003 y 2007, una quinta parte de ese porcentaje entre 2007 y 2011 y que a partir de 2011 se contrajo el 1,4 por ciento. Esconder estos datos debajo de la alfombra no hace más que engañarnos a los argentinos y ponernos de vuelta frente a la imposibilidad de reconocer los problemas estructurales de nuestra economía. En nuestro país, las divisas dependen del agro y el empleo de la industria. Si seguimos negando los problemas de empleo que se generaron a partir del abandono de los superávits gemelos, será difícil establecer políticas estratégicas para superarlos.
Vuelvo a tomar datos de ese libro. En la primera etapa, la cantidad de trabajadores industriales y el salario real subieron 48,7 y 29,4 por ciento respectivamente; en la segunda, solo 4,6 y 16,9 por ciento; en la tercera, se estancó el empleo industrial y el salario cayó un 1,8 por ciento. Hay un dato del propio INDEC con el que caen todas las inconsistencias del relato: 8 millones de trabajadores, la mitad de los ocupados de los centros urbanos, ganan menos de 6.500 pesos. El 30 por ciento de los trabajadores activos percibe menos de 4.000 pesos, cifra que está por debajo del salario mínimo, vital y móvil; eso tampoco fue magia, como dicen las publicidades del gobierno, sino producto de la improvisación y de las malas políticas económicas. En la Argentina, hoy el salario mínimo, vital y móvil no exime a una familia de caer en la pobreza. Lo que esconde el 6,6 por ciento de desocupación es que ese salario es una miseria y que tenemos un 33 por ciento de trabajo informal a pesar de la “década ganada”.
Ahí llegamos a una novedosa trampa que nos trajo el gobierno este año: el ajuste no es responsabilidad del Ejecutivo sino del viento de cola del mercado internacional, aunque haya comenzado en 2011 y no a partir del estancamiento de la economía brasilera. Nuestro déficit financiero es anterior a la desaceleración china. Para colmo, durante años negaron que el “viento de cola” fue determinante para nuestro crecimiento y ahora trata de convencernos de que todos los problemas son importados. Cuando las cosas salen bien es porque somos muy buenos, pero cuando salen mal es porque los demás son muy malos. Insisto, señores diputados: nuestras exportaciones a Brasil comenzaron a disminuir cuando el gobierno puso el cepo a la importación de insumos industriales y ese país aún crecía. No son esas falacias el cuello de botella de nuestra economía.
Según el libro mencionado, en el período 2005-2011 el PBI industrial creció un 30,2 por ciento, casi el triple que el promedio mundial. En cambio, en el período 2011-2014 el PBI argentino cayó un 6,9 por ciento mientras que en el mundo subió un 5,3 por ciento.

Generalidades del presupuesto
Volvamos a los números del presupuesto. Cstá claro que los supuestos macroeconómicos volcados en el proyecto son inconsistentes. Como ya se dijo en este recinto se sobreestiman las exportaciones, el superávit comercial y el crecimiento económico y se subestiman el gasto público, el déficit fiscal y la inflación como se ha hecho de forma sistemática desde 2011. Es solo con esa lógica voluntarista que ha caracterizado la gestión de Kicillof que se permite contemplar para 2016 una inflación oficial de 14,5 por ciento. La credibilidad de las consultoras privadas, que la estiman en un 26 por ciento aunque es muy cierto que son números que no se encuentran auditados descansa en las mentiras constantes del INDEC y en que hace años que se acercan mucho más a la realidad que las previsiones del gobierno.
También puede verse el despilfarro del gasto en la política de subsidios. Necesitamos un Estado que invierta y no uno que despilfarre los aportes de los ciudadanos. De 4.000 millones que se gastaban en electricidad, transporte y agua en 2006 pasamos a 180.000 millones. En este aspecto puede verse más claro de qué forma se profundizó la desigualdad en nuestro país en los últimos cuatro años: el 20 por ciento más rico de la población recibe alrededor del 30 por ciento del total de subsidios, mientras que el 20 por ciento más pobre concentra poco más del 12 por ciento, según una investigación realizada por el Centro de Estudios Distributivos, Laborales y Sociales (CEDLAS) de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de La Plata. El 30 por ciento más rico de nuestro país absorbe el 84,6 por ciento de los subsidios otorgados a Aerolíneas Argentinas.
La contracara de esta política indiscriminada de subsidios la tenemos en el combustible, donde el gobierno ha realizado una política de shock a través del aumento de precios. Mientras el valor del petróleo no encuentra piso en el mundo, el Ejecutivo nacional y las petroleras acordaron establecerlo en 77 dólares el barril. La diferencia la pagan los consumidores cuando llenan el tanque, todo lo contrario a lo que prometió el ministro cuando votamos y festejamos la nacionalización de YPF.

Deuda
El estancamiento, el creciente déficit fiscal y atraso cambiario son consecuencia del festival de deuda en que el gobierno incurrió en los últimos meses. Un dato importante es la participación en el activo de los bancos de la deuda pública, que saltó del 19 al 29 por ciento durante los últimos dieciocho meses y que explica las dificultades del crédito privado y la inversión.
El complemento de la emisión monetaria que financia el déficit fiscal es la colocación de títulos en el mercado; por eso la emisión y el endeudamiento van de la mano. Este festival de deuda explica la rentabilidad extraordinaria de la banca privada.
Resulta ridículo que el gobierno siga hablando de desendeudamiento amparándose en los números de 2003. Lo que se hizo bien durante las dos primeras gestiones no le da impunidad para endeudarnos a tasas aun mayores a las del blindaje.
Recordemos las negociaciones con el Club de París, que empezaremos a pagar el próximo año. Para intentar acceder al mercado de capitales, Kicillof firmó compromisos para 2016 por 1.860 millones de dólares, pero nada de eso sucedió y hoy emitimos una deuda tan cara como la del año 2000.

Reservas
Por último quiero referirme a la situación de las reservas del Banco Central, que es el lugar donde mejor se reflejan las malas decisiones de los últimos años. En una nota publicada en el diario La Nación en abril de este año, el kirchnerista Miguel Bein decía que llegaríamos a fin de año con “reservas netas cercanas a cero” porque debemos 13.000 millones de dólares por regalías retenidas, 3.500 millones de dólares por importaciones adelantadas, el swap con China que se vence por 6.000 millones de dólares y los pagos de deuda frenados por Griesa que alcanzarían a 2.800 millones de dólares. Insisto en que esta evaluación no la hace ningún opositor, sino un hombre público del pensamiento económico kirchnerista al que la presidenta suele citar.
Hace cuatro años que Kicillof decidió correr una carrera suicida contra la divisa norteamericana desdoblando el mercado cambiario en un país donde históricamente esa carrera trajo ajustes. Fue así desde la creación del Banco Central hasta la convertibilidad, pasando por esa frase que inmortalizó mejor que nadie el ministro de Economía de la dictadura que decía: “el que apuesta al dólar pierde”. Las razones no son culturales sino los desequilibrios económicos que incentivó el ministro.
En agosto, el Banco Central vendió 600 millones de dólares para viajes al exterior y otros 500 millones en concepto de dólar ahorro, mientras que sólo ingresaron vía balanza comercial 59 millones. Esos más de 1.000 millones de dólares de diferencia en un mes son los que producen nuestros problemas. Esa caída de reservas se pondera con emisión de deuda, el swap chino o la emisión que después el mismo Banco Central recupera a través de letras. Cada vez que se extiende la brecha cambiaria aumenta la especulación y se hunde un escalón más la industria, por más que nos griten desde el gobierno que el que apuesta al dólar pierde.
En agosto cayeron las exportaciones un 16 por ciento. La crisis es profunda. Más allá de que nos digan que estas son medidas contracíclicas porque el mundo se está viniendo abajo, el creciente desequilibrio presupuestario, con su consecuente expansión monetaria, es un problema grave que más temprano que tarde volverán a pagar los asalariados activos y jubilados mediante el ajuste. Hace poco leía una frase del periodista Marcelo Zlotogwiazda que resumía muy bien este falso dilema en que se ampara el ministro para justificar las mismas políticas de ajuste y endeudamiento que llevaron adelante los gobiernos anteriores: “La idea de que la expansión monetaria es necesariamente inflacionaria es tan falsa como que ninguna expansión monetaria es inflacionaria. Si emitir no tuviera contraindicaciones, no habría escasez ni economía.” Luego de que durante años nos hablaron de industrialización y desarrollo, resulta que los problemas son los mismos de siempre. Si todo se hizo tan bien, ¿acaso no deberíamos haber resuelto ya estos problemas en nuestra industria? Si no somos capaces de entender los errores que estos años tuvo el gobierno de la mano de Kicillof, será muy difícil que podamos superarlos de cara al futuro.
El gobierno debe asumir lo desastrosa que fue su última gestión si pretende que se valoren en su justa medida los avances que tuvimos en los años anteriores, porque en nuestro país descuidar las reservas significa descuidar el empleo. Si no es posible hacer a un lado las apreciaciones personales para poder ver el trasfondo de los problemas de nuestra matriz productiva, como ocurrió a lo largo de toda nuestra historia y ocurre en la actualidad nos volveremos a encontrar con las mismas complicaciones cuyas consecuencias las pagan siempre los trabajadores más humildes.
 

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