24. INSERCIÓN SOLICITADA POR EL SEÑOR DIPUTADO PLAINI

Hoy, nos convoca un tema de suma importancia para profundizar el desarrollo de políticas públicas en beneficio de todos los argentinos. Celebro que nuevamente retomemos las banderas del peronismo en beneficio del pueblo trabajador, en este caso para comenzar a implementar políticas ferroviarias que sean la vanguardia y que den lugar al debate y la discusión para que en un futuro cercano podamos volver a decir como en 1947 “Los ferrocarriles son argentinos”.
Dentro de los servicios públicos, el ferrocarril es el que más copia de manera perfecta las diferentes realidades socio económicas que vivió nuestro país a lo largo de los últimos ochenta años.
Incluso al leer el proyecto de ley que nos convoca, enviado por el Poder Ejecutivo Nacional (2-PE-15, orden del día 1893), podemos observar cómo en los diferentes momentos de nuestro país, los kilómetros de vías aumentaban o disminuían, según el modelo económico reinante.
No puedo dejar de mencionar uno de los hechos más importantes efectuados por la revolución Peronista: la compra de los Ferrocarriles, uno de los grandes logros de la independencia económica, pues estos transportes eran usados por el imperio británico para transportar y retirar granos, carnes y alimentos en general. Así fue que el 13 de febrero de 1947 se llevó a cabo la compra de ferrocarriles por parte del Estado Nacional. Las negociaciones comenzaron en 1946 para el traspaso de las líneas a manos del Estado Argentino.
Si bien en 1857 el Ferrocarril Oeste, que unía plaza Lavalle y Floresta, fue el primero en funcionar en Argentina, construido totalmente con capitales nacionales. Pero los gobiernos liberales vergonzosamente lo entregaron y fue Perón quien nos devolvió las banderas de la nacionalización de los ferrocarriles.
Han pasado muchas décadas de postergaciones, desidia y abandono, donde las especulaciones económicas y los falsos representantes del pueblo no hicieron otra cosa que responder a intereses ajenos a la soberanía nacional. Volver a la senda de Perón redundará en beneficios para la clase trabajadora y los argentinos en su conjunto.
Creo oportuno hacer un breve pasaje histórico del tema que nos ocupa por ello cabe mencionar que en 1870 había 772 kilómetros de vías y, por varias décadas, en la Argentina se desató una verdadera fiebre ferroviaria.
En 1900, la cifra ascendió a dieciséis mil quinientos (16.500) kilómetros de vías, cantidad que se duplicó en 1915, cuando la Argentina, con 33.000 kilómetros se colocaba entre los diez países con mayor kilometraje de vías férreas en todo el mundo.
En 1947 de los 42.700 kilómetros de vías existentes, 29.000 kilómetros fueron construidos por capital privado y extranjero. Esto condicionaba el desarrollo industrial.
Perón no pudo asistir al acto del 1° de marzo de 1948 para festejar la nacionalización de los ferrocarriles por haber sido operado de urgencia por apendicitis y fue Eva quien salió a transmitir el mensaje de Perón, habiendo sido una de las acciones de gobierno más trascendentes del peronismo.
Pues la estatización de los ferrocarriles no fue simplemente una trasferencia de la administración de los servicios. Aquel traspaso representó la creencia que se estaba ante un hecho soberano e independiente que fortalecía la identidad nacional. Este es el fin al que debemos volver a transitar.
Cuando hablamos de la intervención del Estado no sólo pretendemos que se realice la nacionalización de la administración de los ferrocarriles, en ese camino tendremos que profundizar acciones para que cada uno de los trenes que circulan por nuestro país vuelvan a las manos de sus genuinos custodios, que son los trabajadores, no solo aquellos que todos los días los ponen a funcionar, también aquellos que hacen girar la rueda de la economía nacional y son usuarios del transporte público.
La red ferroviaria continuó creciendo hasta 1957, año en que se llegó a los 47.000 kilómetros de extensión.
En 1992, cuarenta y cuatro años después de su nacionalización, los ferrocarriles volvieron a manos privadas, hubo despidos masivos para adaptarse a las exigencias de los concesionarios. A modo de ejemplo se puede citar que en 1992 el ramal Bartolomé Mitre tenía 7.000 trabajadores y 5.000 fueron empujados al retiro voluntario.
Llevando a un despiadado aporte a los índices de desocupación nacional. Que desde el movimiento obrero organizado y como representante gremial no puedo dejar de poner en manifiesto.
Ferrocarriles pasó de tener 60.000 trabajadores a fines de los 80 a un poco más de 15.000, en la actualidad.
El 19 por ciento de los pueblos con menos de 2.000 habitantes en los 90 se quedó sin transporte.
El cierre de ramales en los noventa provocó que la red ferroviaria abarcara como he dicho precedentemente más de 46.000 kilómetros de vías en todo el país, bajó a 27.000 kilómetros. Los subsidios entregados a ferrocarriles representaron un rojo diario de casi un millón de dólares para el Estado. El mismo monto deficitario que tenían los trenes estatales, pero con 45.000 trabajadores más.
Los ferrocarriles fueron y son una lucha por diseñar la arquitectura definitiva de nuestra querida Argentina con servicios públicos propios y un estado presente en la vida de todos los ciudadanos.
Tenemos que realizar de una vez por todas, una planificación del transporte que acompañe el crecimiento y la demanda de los ciudadanos. La intervención y el ordenamiento por sí solas no alcanzan. Hay que darle una dinámica continua para federalizar nuevamente las vías.
En el año 2000 se renegoció la política de subsidios, recién en 2003, el gobierno por primera vez puso un límite a la incapacidad empresaria de los concesionarios, anunciándose el cese de una concesión. Fue el comienzo que si bien quedó estancado, creo fervientemente que por algo se empieza y ahora será el camino para poner mano firme y evitar los desmanes y abusos de grandes empresarios, debiendo no perder de vista lo realizado en aquella única oportunidad, para que no se convierta en un sueño de justos o un simple anuncio que brille en la historia, sino en una transformación real y palpable, que ilumine radiantemente a todos los trabajadores y argentinos.
Pues es cierto que el proyecto no es todo lo acabado que desde el sector del trabajo uno quisiera. Es verdad que hay cuentas pendientes, y es también real que deja abierta una puerta a la administración privada en algunos temas en particular; pero si bien esas críticas pueden tener asidero, también hay que reconocer que el proyecto va en la dirección de una mejora del sistema ferroviario integral.
No se puede permitir cerrar los ojos y entregar lo que tanto le costó al país, a la voracidad insaciable de las empresas, ahí es donde no debemos dormirnos y seguir avanzando en esta lucha constante.
Debemos volver a la nacionalización de los ferrocarriles que va mucho más allá y es más profundo en su análisis lo cual no quita que sea la punta del iceberg para un gran comienzo del beneficio nacional indudable en su conjunto y el desarrollo económico de todo un pueblo.
El cambio debe ser sobre las bases, pues sin lugar a dudas, como decía Scalabrini Ortiz, el ferrocarril “debe cesar de estar al servicio de su propio interés” o el de unos pocos para traspasar esa barrera y llegar al interés de todos los trabajadores y usuarios, o sea, del pueblo argentino en su conjunto.
No debe perseguir ganancia como objetivo sino que se debe transformar en una inversión para ponerse íntegramente al servicio de los requerimientos nacionales.
El estado a conciencia pudo y puede demostrar que es el mejor administrador de todos sus recursos, desde Perón la historia nos dio muestras más que valoradas que la nacionalización de los servicios es el tesoro del pueblo, la privatización en cambio es el aniquilamiento de los derechos y la riqueza de los grandes monopolios y poderes hegemónicos concentrados. La compra de soberanía siempre desarrolla la industria nacional.
Con la nacionalización de los ferrocarriles el lucro económico dejó de ser el objetivo principal, y se convirtió en un servicio esencial que propició el crecimiento de los pueblos del interior del país. Por donde pasaba el ferrocarril, los pueblos tomaban vida y se revalorizaba su economía. Lamentablemente también tuvimos la peor contraparte. Así fue en la década neoliberal donde se levantaban ramales, morían pueblos. Podemos recordar la nefasta frase del presidente Menem: “Ramal que para, ramal que cierra”. Nosotros, como representantes de los argentinos debemos velar por el bienestar de nuestro pueblo y trabajar para que de aquí en adelante tengamos más estado y más soberanía.
Por todo ello, expuesto y fundamentado, es que voy a acompañar afirmativamente este proyecto, no solo porque es una bandera histórica del peronismo, sino fundamentalmente porque las mejoras se pueden ver y palpar hoy mismo por millones de argentinos que todos los días utilizan los nuevos ferrocarriles.
Para finalizar, quiero transmitir y resaltar una frase de quien fuera mi inspirador en todas mis luchas, el general Juan Domingo Perón quien dijera: “El que quiera conducir con éxito tiene que exponerse; el que quiere éxitos mediocres, que no se exponga nunca y si no quiere cometer ningún error, lo mejor es que nunca haga nada”.
 

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