Candado y cerrojo
Presidente: Antonio J. Benitez
Mandato: 1953-55 (renunció el 27/07/1955)
Donante: Antonio J. Benitez
Descripción:
Candado y cerrojo de la celda 606 de la expenitenciaría nacional de Buenos Aires, demolida, donde estuvo preso el diputado y presidente de la HCDN Antonio J. Benitez tras el golpe de Estado de 1955 y hasta mediados de 1957.
Con inscripción en plaqueta de bronce: "Cerrojo que privó de la libertad al doctor Antonio J. Benitez, pero no de sus inalterables ideales de justicia y liberación nacional. Penitenciaria nacional de Buenos Aires. 1955-57".
Acompaña la pieza una nota de certificación firmada por el diputado, trascripta a continuación:
Cerrojo y candado de la celda n° 606 que ocupé en la Penitenciaría Nacional, cuando todos los legisladores nacionales peronistas fueron presos desde 1955 hasta mediados de 1957 en que nos trasladaron a la cárcel de Caseros.
Debo anotar que las celdas que ocupábamos medían apenas algo más de un metro de ancho, por algo más de dos metros de largo. Espesa puerta la cerraba con el cerrojo y el candado adjuntos, y sólo en ella, una pequeña mirilla por la que nos pasaban los alimentos, sin ventana al exterior; únicamente una abertura al techo. Por supuesto, ni cuarto de baño, ni water-closet. Sólo un recipiente de latón para recibir nuestras necesidades, que se llamaba "zambullo".
Esta fue mi segunda prisión. La primera, anoto, por ser codefensor del Dr. Hipólito Yrigoyen. El defensor era el Dr. Armando G. Antille, hasta entonces senador nacional, con quien teníamos organizado el estudio jurídico "Antille-Benítez". Tres meses preso. Me trajeron irrumpiendo en mi recién iniciado viaje de bodas, desde mi finca situada en Catitas, provincia de Mendoza (enero de 1931).
Luego de dos, no podía faltar la tercera prisión: en el año 1976 también las fuerzas militares, no obstante ser amigo de muchos de ellos, me trasladaron a la Prisión Militar de Magdalena. Junto con el Dr. Jorge Taiana, Lorenzo Miguel, Diego Ibañez, Pogelio Papagno, Raúl Lastiri, Carlos Menem, Jorge Cepernic, Elías Abáre, y el Sr. Gral. Iñiguez. Tres largos años en ella, con las más dolorosas restricciones. Sólo veíamos el sol, cuando los domingos podíamos asistir a misa. Luego un año más, preso en mi domicilio particular, y por fin otro más - el quinto - teniendo como prisión la ciudad de Buenos Aires, de la que no podía alejarme sin permiso especial.
Todo esto, por haber sido fiel a los ideales que abracé desde muy jóven: primero los de Hipólito Yrigoyen; y por supuesto, los de la Reforma Universitaria, y por último los que florecieron bajo la noble, genial y alta inspiración de Juan Domingo Perón.
Es, sin duda, el precio que debe pagarse por ser fiel a los ideales. Pero prefiero haberlas sufrido, y haber sido fiel, incorruptible a los ideales.