MUSEO LEGISLATIVO
 La obra presenta una figura central de apariencia humana, pero fuertemente estilizada y descompuesta.  El personaje ocupa casi todo el lienzo, con un cuerpo de color oscuro y contornos translúcidos que parecen duplicarse o superponerse, creando un efecto de movimiento o desdoblamiento. Su rostro es cuadrado y geométrico, con ojos expresivos y una boca abierta que sugiere un grito o exclamación. Las manos y brazos se multiplican y proyectan hacia el espectador en distintas posiciones, acentuando la sensación de dinamismo y agitación. El fondo está compuesto por formas geométricas y colores vibrantes (rojos, naranjas, azules, amarillos) que parecen fragmentos, aportando una atmósfera caótica  En la parte inferior se ven los pies descalzos: El pie izquierdo (a la derecha de la imagen) está pintado con tonos cálidos, principalmente beige, amarillentos y anaranjados, con algunas zonas rojizas. El pie derecho (a la izquierda de la imagen) tiene colores más fríos y oscuros, con predominio de azules y grises, lo que refuerza el contraste cromático de la obra.

HOMBRE - TIGRE "RUNA UTURUNGO"

Fecha: 1982
Técnica: Pintura - Acrílico sobre hardboard
Medidas: 1.80 x 1.25 m (con marco)
Descripción:

En esta pintura de gran formato, la composición se articula a partir de la superposición de planos y la fragmentación de las formas. El cuerpo central se multiplica en brazos y torsos que sugieren movimiento y transformación, reforzados por un dinamismo rítmico que guía la mirada en direcciones cruzadas. La paleta combina tierras y negros con irrupciones de rojos, azules y amarillos, generando tensiones cromáticas que intensifican la fuerza expresiva. El trazo geométrico y la desarticulación de la figura proponen una visión híbrida, donde lo humano y lo animal se confunden.

La obra dialoga con el mito andino del Runa Uturungo, propio de la cultura quechua en el noroeste argentino. En esta leyenda, un hombre adquiere el poder de convertirse en jaguar o puma nocturno, mediante ritos y vínculos con lo sobrenatural. La pintura traslada esa metamorfosis al plano plástico: el cuerpo humano se desdobla y la cabeza adquiere un gesto animalizado, evocando la potencia mítica de lo salvaje y la amenaza latente que encarna la figura.

La espacialidad, resuelta sin profundidad clásica, sostiene un carácter casi ritual. Los planos de color y las líneas quebradas no buscan describir, sino intensificar la experiencia de tránsito entre dos mundos: el de la figura humana y el del animal. Así, la pintura no representa de manera literal, sino que materializa en su lenguaje plástico la violencia, el misterio y la ambigüedad del mito.

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