CARACOLAS
En esta pintura, la composición se sostiene en un primer plano cargado de elementos que configuran un ritmo irregular: las conchas, distribuidas de manera aparentemente azarosa, establecen un movimiento visual que avanza hacia el horizonte. La línea del terreno y las sombras proyectadas refuerzan esa sensación de profundidad, mientras que el cielo despejado abre un contrapunto de serenidad frente a la densidad material de los objetos.
La paleta se concentra en ocres, violetas y verdes suavizados, contrastados con el azul intenso del cielo, lo que produce un equilibrio entre calidez y frescura. El tratamiento volumétrico de las formas acentúa su carácter escultórico, otorgándoles peso y presencia. Más que una naturaleza muerta en exterior, la obra funciona como una meditación plástica sobre la relación entre lo efímero y lo permanente, donde los restos marinos adquieren un valor simbólico dentro de un paisaje que parece suspendido en el tiempo.