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PROYECTO DE TP


Expediente 8686-D-2014
Sumario: CODIGO PENAL. MODIFICACIONES, SOBRE DELITOS CONTRA LA PROPIEDAD. INCORPORACION DEL ARTICULO 278, SOBRE DELITOS COMETIDOS CON LA COMERCIALIZACION DE APARATOS DE TELEFONIA CELULAR Y ELECTRONICOS.
Fecha: 03/11/2014
Publicado en: Trámite Parlamentario N° 158
Proyecto
El Senado y Cámara de Diputados...


Artículo 1°.- Modifícase el artículo 162 del Código Penal, el cual quedará redactado de la siguiente manera:
"ARTICULO 162. - Será reprimido con prisión de tres años y seis meses a seis años, el que se apoderare ilegítimamente de una cosa mueble, total o parcialmente ajena".
Artículo 2°.- Modifícase el artículo 163 del Código Penal, el cual quedará redactado de la siguiente manera:
"ARTICULO 163. - Se aplicará prisión de cinco a ocho años en los casos siguientes:
1º Cuando el hurto fuere de productos separados del suelo o silobolsas o de máquinas, instrumentos de trabajo o de productos agroquímicos, fertilizantes u otros insumos similares, dejados en el campo, o de alambres u otros elementos de los cercos.
2º Cuando el hurto se cometiere con ocasión de un incendio, explosión, inundación, naufragio, accidente de ferrocarril, asonada o motín o aprovechando las facilidades provenientes de cualquier otro desastre o conmoción pública o de un infortunio particular del damnificado;
3º Cuando se hiciere uso de ganzúa, llave falsa u otro instrumento semejante o de llave verdadera que hubiere sido substraída, hallada o retenida;
4º Cuando se perpetrare con escalamiento.
5º Cuando el hurto fuese de mercaderías u otras cosas muebles transportadas por cualquier medio y se cometiere entre el momento de su carga y el de su destino o entrega, o durante las escalas que se realizaren.
6º Cuando el hurto fuere de vehículos con o sin motor dejados en la vía pública o en lugares de acceso público.
7° Cuando para la perpetración del delito se utilizaren vehículos automotores, ciclomotores, motos, bicimotos o cuatriciclos.
8° Cuando se aprovechare de la condición física de la víctima, su minoría de edad, discapacidad, mayor de setenta años de edad o condición evidente de disminución física o mental.
9° Cuando el objeto del delito fueren teléfonos celulares, de radiocomunicación o sucedáneos, carteras y bolsos de mano, computadoras portátiles y tabletas, calzado y ropa de la víctima, reloj, anillos, cadenas, aros o colgantes.
10° Cuando se utilizaren máscaras o disimulación de rostro de cualquier índole.
11° Cuando el hecho se cometiere en una entidad bancaria o financiera, oficina pública, cooperativa o mutual, centro de salud u hospitalario, establecimiento educativo o universitario.
Artículo 3°.- Modifícase el artículo 164 del Código Penal, el cual quedará redactado de la siguiente manera:
"ARTICULO 164. - Será reprimido con prisión de cinco a diez años, el que se apoderare ilegítimamente de una cosa mueble, total o parcialmente ajena, con fuerza en las cosas o con violencia física en las personas, sea que la violencia tenga lugar antes del robo para facilitarlo, en el acto de cometerlo o después de cometido para procurar su impunidad".
Artículo 4°. Modifícase el artículo 166 del Código Penal, el cual quedará redactado de la siguiente manera:
"ARTICULO 166. -Se aplicará reclusión o prisión de diez a dieciocho años:
1. Si por las violencias ejercidas para realizar el robo, se causare alguna de las lesiones previstas en los artículos 90 y 91.
2. Si el robo se cometiere con armas de cualquier tipo, o en despoblado y en banda.
Si el arma utilizada fuere de fuego, la escala penal prevista se elevará en un tercio en su mínimo y en su máximo.
Si se cometiere el robo con un arma de fuego cuya aptitud para el disparo no pudiere tenerse de ningún modo por acreditada, o con un arma de utilería, o si el arma no fuere habida, la pena será de siete a doce años de reclusión o prisión.
Si el arma utilizada fuera punzocortante, la escala prevista se elevará en un cuarto en su mínimo y en su máximo."
Artículo 5°. Modifícase el artículo 167 del Código Penal, el cual quedará redactado de la siguiente manera:
"ARTICULO 167. - Se aplicará reclusión o prisión de ocho a quince años:
1º. Si se cometiere el robo en despoblado;
2º. Si se cometiere en lugares poblados y en banda;
3º. Si se perpetrare el robo con perforación o fractura de pared, cerco, techo o piso, puerta o ventana de un lugar habitado o sus dependencias inmediatas;
4º. Si concurriere alguna de las circunstancias enumeradas en el artículo 163".
Artículo 6°. Modifícase el artículo 167 ter del Código Penal, el cual quedará redactado de la siguiente manera:
"ARTICULO 167 ter.- Será reprimido con prisión de tres años y seis meses a ocho años el que se apoderare ilegítimamente de UNA (1) o más cabezas de ganado mayor o menor, total o parcialmente ajeno, que se encontrare en establecimientos rurales o, en ocasión de su transporte, desde el momento de su carga hasta el de su destino o entrega, incluyendo las escalas que se realicen durante el trayecto.
La pena será de cinco a diez años de prisión si el abigeato fuere de CINCO (5) o más cabezas de ganado mayor o menor y se utilizare un medio motorizado para su transporte".
Artículo 7°. Modifícase el artículo 167 quater del Código Penal, el cual quedará redactado de la siguiente manera:
"ARTICULO 167 quater.- Se aplicará reclusión o prisión de siete años y seis meses a doce años cuando en el abigeato concurriere alguna de las siguientes circunstancias:
1.- El apoderamiento se realizare en las condiciones previstas en el artículo 164.
2.- Se alteraren, suprimieren o falsificaren marcas o señales utilizadas para la identificación del animal.
3.- Se falsificaren o se utilizaren certificados de adquisición, guías de tránsito, boletos de marca o señal, o documentación equivalente, falsos.
4.- Participare en el hecho una persona que se dedique a la crianza, cuidado, faena, elaboración, comercialización o transporte de ganado o de productos o subproductos de origen animal.
5.- Participare en el hecho un funcionario público quien, violando los deberes a su cargo o abusando de sus funciones, facilitare directa o indirectamente su comisión.
6.- Participaren en el hecho TRES (3) o más personas".
Artículo 8°. Incorpórase al Código Penal el artículo 278 con la siguiente redacción:
"Artículo 278. Se aplicará prisión de tres a seis años, a quien comercializare aparatos de telefonía celular, computadoras personales portátiles, tabletas, GPS, relojes pulsera, joyas, autopartes y repuestos de automotores y ciclomotores; cuando en cualquiera de los casos, fueren usados y no se verificare la identidad del vendedor ni la procedencia de las cosas comercializadas, o no se instrumentare o registrare el pertinente contrato escrito de compraventa
Será obligación celebrar contrato de compraventa por escrito de cualquiera de los elementos detallados en el párrafo precedente y se deberá proceder a su registración inmediata vía Internet, cuya reglamentación será efectuada por el Poder Ejecutivo Nacional".
Artículo 9°.- De Forma

FUNDAMENTOS

Proyecto
Señor presidente:


Un documento de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), llamado "Seguridad Ciudadana con rostro humano" -que incluye estudios de 18 estados de América latina-, advierte que la Argentina es el país con mayor tasa de robos por habitante del subcontinente.
El informe, que incluye varios ítems relacionados con la seguridad, detalla que Argentina, de acuerdo a estadísticas de 2008, encabeza la lista de robos por habitante con 973 hechos al año, seguida de México (688), Brasil (572) y Chile (495).
En tanto, en el "rubro" Hurtos, la Argentina está segunda en el continente, con 715, detrás de Uruguay, que tiene 3.093 hurtos al año por habitante.
Para confeccionar el estudio, la ONU se basó en información oficial que hizo pública o envió a la organización cada uno de los Estados. Por caso, Colombia y Ecuador no aportaron información. Aunque la mayoría de los países aportaron estadísticas en 2011 por última vez, Argentina lo hizo en 2008.
El estudio tiene un apartado especial que compara sólo seis países: México, Perú, El Salvador, Brasil, Chile y Argentina, que también figura a la cabeza en casos de presos que llevaban armas a la hora de cometer el delito, con el 60%, seguido de Chile con el 36,6%.
En América Latina los robos se han casi triplicado en los últimos 25 años, dijo Muñoz, director regional para América Latina y el Caribe del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD).
Es por ello, que desde el Congreso de la Nación debemos dar una respuesta a la ciudadanía afectada por la epidemia de delitos contra la propiedad (robos y hurtos), adecuando la ley penal a la realidad, siempre dentro del respeto más estricto a las garantías del debido proceso y de la inviolabilidad de la defensa en juicio, pero poniendo en claro que quienes deben estar detrás de las rejas son los ladrones y no los habitantes.
En todo el mundo, el Estado de derecho y la seguridad ciudadana son elementos clave de los programas del PNUD. Trabajamos para mejorar los sistemas de justicia y la aplicación de la ley, y también nos enfocamos en las medidas preventivas, como la generación de oportunidades de empleo y promoción de la inclusión social, y una cultura de paz y de estabilidad.
La seguridad ciudadana, tal como se define en el presente informe del PNUD, es un tema delicado que preocupa a muchos tomadores de decisión y repercute al calor de las campañas electorales. No es de extrañar que el tema haya escalado en América Latina hasta convertirse en la principal preocupación pública en muchos países. El nivel de inseguridad que muchos sufren en la región impide el desarrollo humano.
América Latina muestra hoy en día economías más fuertes e integradas, menos pobreza, democracias más consolidadas, así como Estados que han asumido mayores responsabilidades en la protección social. Pero, el flanco débil de la región es la violencia, el crimen y la inseguridad. En la última década la región ha sufrido una epidemia de violencia, acompañada por el crecimiento y difusión de los delitos, así como por el aumento del temor entre los ciudadanos.
Entre 2000 y 2010 la tasa de homicidios de la región creció 11%, mientras que en la mayoría de las regiones del mundo descendió o se estabilizó. En una década han muerto más de 1 millón de personas en Latinoamérica y el Caribe por causa de la violencia criminal. Por otra parte, considerando los países para los cuales se cuenta con información, los robos se han casi triplicado en los últimos 25 años. Y, en un día típico, en América Latina 460 personas sufren las consecuencias de la violencia sexual; la mayoría son mujeres. La violencia y el delito dañan directamente el núcleo básico de derechos que están en la base del desarrollo humano: la vida y la integridad física y material de las personas.
El deterioro de la seguridad no se ha dado de manera homogénea. En algunos países la violencia letal es la que más aqueja a la población mientras que, en otros, los niveles de homicidio son relativamente bajos, pero el aumento repentino y considerable de los delitos patrimoniales ha disparado la percepción de inseguridad en la ciudadanía.
Al mismo tiempo, al interior de los países la situación es heterogénea, con municipios, estados o departamentos que tienen indicadores comparables a los países de Europa, y lugares en los que la violencia letal es incluso mayor a la de países en guerra. Los Estados de la región muestran grandes déficits de capacidades en materia de justicia y seguridad. Esto se refleja en índices de impunidad alarmantes, la crisis que atraviesan sus sistemas carcelarios y en la desconfianza de la ciudadanía hacia las instituciones de justicia y policía. A la luz de estos déficits, la privatización de la seguridad ha ido ganando fuerza, lo cual tiende a profundizar la desigualdad en el acceso a la seguridad y deja sin resolver los retos que atraviesa el Estado como principal garante de la seguridad ciudadana. Paralelamente, los vínculos comunitarios como la familia, la escuela y la comunidad han perdido fuerza en algunos contextos como tensores sociales que permiten cooperación y convivencia positiva , propiciando, en algunos casos, formas de organización distorsionadas por el temor y la desconfianza como la llamada "justicia por mano propia", así como el apoyo a las políticas de "mano dura".
No hay una fórmula mágica y única para resolver el problema, pero la inseguridad sí tiene remedio.
Las distintas amenazas a la seguridad ciudadana deben ser atendidas mediante respuestas diferenciadas que tomen en cuenta su nivel de organización y los espacios en los que estas operan: el hogar, la escuela o el ámbito público. Finalmente, las políticas de seguridad deben ser evaluadas periódicamente en términos de su efectividad e impactos, asegurando que éstas no generen mayores niveles de violencia y que funcionen con pleno respeto a los derechos humanos.
Los avances en materia de seguridad ciudadana no resultan de una sola política aislada, sino de un enfoque multisectorial y de una serie de políticas que incluyan medidas de prevención, reformas institucionales, inversión pública suficiente, cambios en la relación entre Estado y comunidades, voluntad política amplia y sostenida, y la adopción de sistemas de información y de intervención más modernos y eficaces.
Esta ley que se propone da una de las soluciones, sacar de la calle a los que han adoptado al delito como medio de vida. Pero, no es toda la solución, porque, más que pensar en un modelo único, los tomadores de decisión deben diseñar una serie de políticas y reformas con objetivos claros y que atiendan necesidades en el corto, mediano y largo plazos. Para ello, se recomienda que las fuerzas políticas y sociales de cada país definan un Acuerdo Nacional por la Seguridad Ciudadana, con el propósito de alinear los esfuerzos públicos y privados hacia la reducción del delito y la violencia como política de Estado.
La inseguridad sí puede remediarse, como se muestra de las lecciones de cinco iniciativas regionales para disminuir los niveles de homicidio y delito en zonas de alta violencia e inseguridad: Fica Vivo (Brasil), Plan Cuadrante (Colombia), Barrio Seguro (República Dominicana), tregua entre pandillas (El Salvador) y Todos Somos Juárez (México).
Las políticas de mano dura han fracasado en la región y América Latina presenta un abanico de respuestas que la evidencia empírica señala como óptimas para hacer frente a las distintas amenazas a la seguridad ciudadana. Pero, siempre partiendo de la tolerancia cero a los delitos de robos y hurtos, que más allá de la magnitud de la violencia que exhiban representan el inicio de otras afectaciones al Estado de Derecho y se vinculan, necesariamente con la droga, el narcotráfico, la toxicomanía, el uso ilegal de armas de fuego, su comercialización, encubrimientos, reducción de elementos sustraídos, lesiones e incluso homicidios.
Hay que proteger a los ciudadanos y combatir denodadamente que los delincuentes ganen la calle.
En las últimas tres décadas, la definición tradicional de seguridad ha experimentado cambios importantes: esta noción giraba en torno a la defensa de intereses neurálgicos de los Estados, como la soberanía y la autonomía. No obstante, al menos tres aspectos de esta definición se han cuestionado internacionalmente: la idea de que seguridad equivale a la seguridad nacional o a la seguridad del Estado ante posibles agresiones externas; la creencia de que las amenazas a la seguridad son principalmente militares, y la visión de que tales amenazas tienen un carácter objetivo que permite identificarlas, independientemente de las consideraciones políticas que las rodeen (Lipschutz 1995, 6).
Estos cambios están vinculados con las transformaciones que, en la práctica, han afectado la realidad de los países, particularmente a raíz de los procesos asociados con la globalización: la "frontera" que dividía lo interno de lo externo se ha desdibujado, lo que refleja la interrelación que existe entre el ámbito nacional y el internacional. Si bien algunas amenazas a la seguridad pueden contenerse a nivel local, muchas dinámicas internas -como la debilidad institucional o la falta de gobernabilidad pueden convertirse en amenazas regionales o incluso globales. Asimismo, amenazas de carácter transnacional o global -como el tráfico ilegal de armas, trata de personas y de drogas- pueden exacerbar las condiciones locales de inseguridad (Banco Mundial 2011; UNODC 2012; Small Arms Survey 2013).
La seguridad puede definirse desde múltiples perspectivas que pueden agruparse de acuerdo con el nivel de análisis que adoptan (el individuo, la comunidad, el Estado, la región y el mundo), las amenazas que subrayan (delito común, delincuencia organizada, guerras, hambre, pobreza) o incluso desde las respuestas de política pública que implícita o explícitamente privilegian (prevención frente a represión, por ejemplo) (Baldwin 1997; Tickner y Mason 2003; Abello y Pearce 2007).
Desde el punto de vista de este informe, la definición de seguridad se centra en el concepto de seguridad ciudadana y su relación con los conceptos de seguridad humana y desarrollo humano.
La seguridad humana se define como la condición de vivir libre de temor y libre de necesidad. Es un concepto amplio que contempla un abanico de amenazas que pueden atentar contra la vida y contra el bienestar de las personas: desastres ambientales, guerras, conflictos comunitarios, inseguridad alimentaria,
violencia política, amenazas a la salud y delitos (PNUD 1994, 27- 28). Estas amenazas, sin importar las diferencias en el desarrollo económico de los países, pueden afectar a las personas y limitar sus oportunidades de desarrollo humano (Gasper 2005, 223).
En comparación con la diversidad de amenazas que contempla la seguridad humana, la seguridad ciudadana resulta un concepto mucho más acotado. De hecho, la seguridad ciudadana puede entenderse como una modalidad específica de la seguridad humana, relacionada con la seguridad personal y, más específicamente, con amenazas como el delito y la violencia (PNUD 2005, 35; PNUD 2010b, 31).
La seguridad ciudadana es una de las principales preocupaciones de los ciudadanos de América Latina. El delito, la violencia y el temor que éstos generan son desafíos que comparten todos los países de la región, aunque con distintas intensidades. De ahí que este informe centre su atención en esta modalidad específica de la seguridad humana, sin negar que una concepción amplia de la seguridad -que integre aspectos como la salud, la educación y la seguridad alimentaria- es la base de la seguridad ciudadana y del desarrollo humano.
La seguridad ciudadana consiste en la protección de un núcleo básico de derechos, incluidos el derecho a la vida, el respeto a la integridad física y material de la persona, y su derecho a tener una vida digna (Informe Caribe PNUD 2013, 7; Informe Centroamérica PNUD 2010b, 31).
Esta concepción está centrada en el bienestar de las personas y considera que la provisión de seguridad ciudadana es un requisito indispensable para su desarrollo humano. Asimismo, subraya el papel central que tiene la vigencia real y la tutela de una serie de derechos humanos que son exigibles frente al Estado (PNUD 2010b, 38; PNUD 2013, 7). Así, la falta de empleo, la pobreza, la inequidad o la carencia de libertades, por citar sólo algunos ejemplos, son obstáculos directos para la convivencia y la seguridad ciudadana (PNUD 2005, 32).
La seguridad ciudadana no debe entenderse exclusivamente como una simple reducción de los índices de delito y violencia. Debe ser el resultado de una política que se oriente hacia una estrategia integral, que incluya la mejora de la calidad de vida de la población, la acción comunitaria para la prevención del delito y la violencia, una justicia accesible, ágil y eficaz, una educación que se base en valores de convivencia pacífica, en el respeto a la ley, en la tolerancia y en la construcción de cohesión social.
El delito y la violencia constituyen amenazas a la vida y a la integridad física y patrimonial de las personas. Sin embargo, deben entenderse como categorías analíticas distintas, dado que no todo delito es violento ni todo acto de violencia es tipificado como delito en las leyes. La corrupción y el fraude, por ejemplo, no están asociados a actos violentos generalmente, y el hurto se define como la "sustracción no violenta de bienes ajenos sin el consentimiento de su dueño" (PNUD 2010b, 34). Por otro lado, no todos los actos violentos son tipificados como delitos. Por ejemplo, el ejercicio legítimo de la violencia por parte del Estado no constituye un delito.
Más aún, la violencia como categoría de análisis permite subrayar claramente un conjunto de motivaciones que suelen ser excluidas cuando se piensa en la categoría de delito. Mientras que el delito se asocia comúnmente a móviles de tipo económico, la violencia se reconoce como una conducta que puede estar motivada tanto por intereses políticos e institucionales como por diversas formas de exclusión y discriminación social (Moser y Winton 2002). Por ejemplo, la violencia de género no puede entenderse sin tomar en cuenta el conjunto de normas y conductas sociales que conducen a esta forma de violencia y que contribuyen a su invisibilización y normalización. En esta misma línea, la categoría de violencia permite reconocer que la inseguridad puede estar motivada por normas y conductas que no pueden resolverse mediante la mera aplicación de leyes más severas, sino mediante la transformación profunda de patrones sociales y culturales que promuevan una cultura de paz, convivencia democrática y equidad de género (Pearce 2006).
La categoría "delito" se refiere al conjunto de conductas clasificadas como ilegales o contrarias a la ley y a la norma jurídica vigente en un Estado y que, como tales, están sujetas a castigo o sanción por parte de las autoridades correspondientes (Tilly 2003, 19).
La categoría "violencia," por su parte, tiene distintas acepciones. La definición de la Organización Mundial de la Salud define violencia como "el uso deliberado de la fuerza física o el poder, ya sea en grado de amenaza o efectivo, contra uno mismo, otra persona o un grupo o comunidad, que cause o tenga muchas probabilidades de causar lesiones, muerte, daños psicológicos, trastornos del desarrollo o privaciones" (OPS 2002, 5).
Otras definiciones sociológicas van más allá de la dimensión física de la violencia y se refieren, por ejemplo, a la violencia simbólica -entendida como un tipo de dominación o violencia que ha sido interiorizada por la víctima a tal grado que no es percibida como violencia- (Bourdieu 2004, 339) o a la violencia estructural -entendida como el resultado de una "organización político-económica de la sociedad que impone condiciones emocionales y físicas adversas en las personas, desde altas tasas de mortalidad hasta pobreza y explotación laboral" (Bourgois 2001, 8)-.
Se entiende por violencia el uso deliberado e impuesto de la fuerza física por parte de una persona o grupo de personas en contra de otra u otras personas.
No obstante, se reconoce que la violencia psicológica y emocional es una dimensión ineludible de la violencia física, así como un impacto importante de la misma. Asimismo, vulnerabilidades de carácter estructural, como la pobreza, la desigualdad económica, el desempleo y la marginalidad, constituyen expresiones de la llamada violencia estructural que limitan de manera importante las opciones que tienen las personas.
Las seis amenazas principales son:
- Delito callejero: se refiere a hurtos y robos de pequeña cuantía que suelen ocurrir en lugares públicos y que involucran, en algunos casos, amenazas de violencia, golpes o lesiones contra las víctimas.
- La violencia y el delito callejero ejercido en contra y por los jóvenes: los jóvenes constituyen el grupo más afectado por la criminalidad y la violencia, y a su vez, son los responsables más comunes de la violencia intencional y de la comisión de delitos.
- Violencia de género: son todas las formas de violencia contra una persona o un grupo de personas en razón de su género, que suelen expresarse de manera más intensa y predominante contra mujeres y niñas.
- Corrupción: en su sentido amplio, comprende la apropiación indebida de los bienes públicos, cuya provisión es responsabilidad del Estado.
- Violencia ilegal por parte de actores estatales: incluye un amplio rango de actividades que van desde el abuso policial de los ciudadanos, acciones que constituyen claras violaciones a los derechos humanos, hasta la participación directa de actores estatales en actividades vinculadas con la delincuencia organizada.
- Delincuencia organizada: es toda acción delictiva organizada y prolongada en el tiempo cuya capacidad de sustraer y proveer bienes y servicios implica la corrupción, la coacción y, en algunos casos, la violencia.
El Estado es el único actor que tiene el mandato de proveer seguridad ciudadana, en tanto que ésta constituye un bien público. Para cumplir con su responsabilidad, el Estado debe actuar con apego a la ley y al respeto de los derechos humanos.
La seguridad ciudadana es un bien público, es decir, un bien al que todas las personas deben tener acceso sin distinción de clase social, preferencia política, raza, etnia, género o identidad sexual.
Para referirse al papel del Estado en la provisión de seguridad ciudadana, este informe propone la noción de Estado responsable. A partir de esta noción, se entiende que el Estado es el principal encargado de proveer seguridad ciudadana, en tanto que ésta constituye un bien público al que todas las personas tienen derecho. Asimismo, se subraya que, aunque muchos otros actores intervienen en la provisión de seguridad, el Estado es el único que tiene el mandato de asegurarse de que esta provisión no sirva a intereses privados limitados ni proteja a unos pocos, sino a todos los ciudadanos y de acuerdo con el "interés común".
En entornos democráticos, el Estado debe ser la materialización del pacto suscrito entre los miembros de una comunidad política (PNUD-OEA 2010). En otras palabras, sus leyes y sus instituciones deben representar y garantizar el bien común o el bien público. Los ciudadanos, por su parte, definen y actualizan el significado de "lo público" a través de elecciones, movimientos sociales, organizaciones civiles o prestando su voz en medios de comunicación.
Al hablar de seguridad ciudadana, destacan otras características del Estado. De acuerdo con la definición del "tipo ideal" de Estado planteada por el sociólogo Max Weber (1994), el Estado es el único actor que puede demandar el ejercicio del uso exclusivo y legítimo de la violencia. Al caracterizar el uso de la violencia como de "uso exclusivo" o monopólico del Estado, Weber plantea que el Estado constituye la más alta fuente de autoridad o soberanía dentro de un territorio dado; y al caracterizar su uso como "legítimo", se refiere a que la violencia que ejerce el Estado debe estar basada en las leyes vigentes.
Esta definición de un "tipo ideal" de Estado no necesariamente refleja la realidad. En la práctica, tanto en países desarrollados como en países en desarrollo, el Estado no es el único actor que reclama para sí el uso de la fuerza. Otros actores hacen uso de la fuerza, aunque no siempre sea de forma legítima o coherente con un marco regulador. Por ejemplo, los grupos armados que operan con fines delictivos o para procurarse justicia "por mano propia", las empresas de seguridad privada que operan fuera de la ley o en una zona gris, los grupos de personas que actúan -de manera más o menos espontánea- para castigar públicamente a supuestos criminales, entre otros, responden a una realidad en donde la provisión de la seguridad es "híbrida" (Luckham y Kirk 2012).
Es decir, no es sólo el Estado sino una multiplicidad de actores quienes buscan ejercer la violencia y proveer seguridad, aunque muchos de estos estos actores lo hagan con fines privados y, eventualmente, al margen o fuera de la ley.
La democracia es el único sistema político en el que las libertades y los derechos de las personas imponen límites inconfundibles en el ejercicio del poder y, por lo tanto, es el único sistema capaz de garantizar las libertades necesarias para que las personas desarrollen sus capacidades: por ejemplo, la libertad de participar en la vida pública, organizarse, decidir sobre su propia vida.
No obstante, para que el Estado provea la seguridad ciudadana como un bien público, la democracia no debe restringirse a su dimensión meramente electoral. La democracia debe ser un sistema que garantice la vigencia del Estado de Derecho, la resolución pacífica de conflictos, la rendición de cuentas y el empoderamiento de las personas en un marco de respeto a las libertades fundamentales (O'Donnell 1993, 305; Ungar 2011).
La ciudadanía es la condición de pertenencia de los individuos a una comunidad política -encarnada por el Estado y por el conjunto de leyes, instituciones y prácticas vinculadas con éste- ante la cual se tienen derechos y deberes (Posas 2007, 7). Thomas H. Marshall (1992) identifica tres dimensiones de la ciudadanía: la civil, la política y la social. Estas dimensiones se refieren a distintos derechos y libertades que incluyen desde el derecho a expresarse y a tener acceso a la justicia, pasando por el derecho a participar como miembro de una comunidad política, hasta el derecho a un mínimo de bienestar económico.
Estos derechos, no obstante, están vinculados con deberes: la ciudadanía es finalmente un pacto entre el Estado y las personas. Esto es, la ciudadanía se entiende como el pacto político y social entre miembros de una comunidad política llamada Estado, del cual se deriva un conjunto de deberes y derechos compartidos por todos los ciudadanos por igual.
El respeto de los derechos de todas las personas constituye el camino más firme hacia la seguridad ciudadana. Es decir, no amenazar la integridad física y material de otros y respetar las leyes que protegen el núcleo de libertades fundamentales constituyen un paso elemental para construir la seguridad ciudadana.
El aumento de las expectativas de consumo, a la par del estancamiento en la movilidad social y la falta un crecimiento incluyente, se encuentran entre los factores que podrían ayudar a entender el crecimiento del delito en Latinoamérica y por supuesto en Argentina.
Más aún, en un contexto de persistentes desigualdades, empleos precarios y expansión de las expectativas de consumo, el denominado delito aspiracional constituye una hipótesis plausible para la región que requiere profundizarse.
En América Latina, la estructura familiar ha tenido profundas transformaciones en las últimas décadas. Éstas han mermado su capacidad de responder a los cambios de la sociedad y mantenerse como un soporte y un catalizador básico para el desarrollo de los individuos (Arriagada 2002; Sunkel 2006). La familia no sólo cumple funciones básicas de apoyo social y de protección material, física y emocional, sino que también tiene un papel fundamental en la socialización de las normas y su aprendizaje.
Esto la hace un mecanismo de control social y un espacio de ampliación de oportunidades por excelencia. Los cambios y las transformaciones de la estructura familiar, así como la persistencia de factores que ponen en tensión su funcionamiento, son elementos a considerar en el contexto de inseguridad que vive la región. Se pueden identificar tres cambios importantes en las familias latinoamericanas: el aumento de las familias monoparentales, la persistencia en las altas tasas de fecundidad adolescente y los procesos migratorios.
América Latina ha dado pasos importantes en el campo de la educación, al incrementarse los niveles de alfabetización y de acceso de los niños y niñas a las escuelas primarias, con altos niveles de cobertura en todos los países (CEPAL 2010). Las tasas de analfabetismo de la población adulta son de alrededor del 11%, mientras que las nuevas generaciones tienen un porcentaje de analfabetismo del 2% a nivel regional (CEPAL 2010).
En la actualidad, se cuenta con mayores niveles de educación que hace dos décadas, lo cual contrasta con el panorama de deterioro de la seguridad ciudadana. Si se parte del supuesto de que una de las respuestas para contrarrestar los niveles de violencia e inseguridad está en la educación, es evidente que por sí misma la escuela en América Latina no ha evitado la violencia. Algunos estudios señalan que cuando los jóvenes en situación de vulnerabilidad se mantienen en la escuela durante la adolescencia, se reduce significativamente su participación en actividades criminales (Heller et al. 2010).
Desde esta perspectiva, los sistemas educativos de la región afrontan los siguientes tres retos para fortalecer la resiliencia juvenil ante la inseguridad: los altos niveles de deserción, especialmente en la secundaria, los déficits en la calidad de la educación y la falta de oportunidades de inserción laboral.
América Latina es la región más urbanizada del mundo, con casi el 80% de la población que habita en las ciudades, una proporción incluso mayor a la que presentan los países más desarrollados (ONU-Habitat 2012). Éste es un dato importante si tenemos en cuenta que es en las urbes en donde se concentra el delito.
Los países de la región tienen mayores tasas de victimización en las zonas urbanas que en las rurales.
Un estudio del Centro Internacional de Desarrollo e Investigación de Canadá (IDRC, por su siglas en inglés) sobre el nexo entre las ciudades, los procesos de urbanización y el crimen identifica diversos marcos analíticos (Muggah 2012, 6). Para esta investigación, se utilizan dos de ellos: primero, la teoría de la desorganización
social, que señala que las desventajas económicas, la heterogeneidad entre los habitantes y la inestabilidad contribuyen al desorden de las comunidades y, por lo tanto, a la violencia.
Segundo, la perspectiva del capital-cohesión social, la cual postula que la confianza interpersonal y las relaciones sociales son determinantes para entender la criminalidad.
Las características de los cambios en las urbes latinoamericanas, en especial el crecimiento urbano, pueden ayudar a explicar el deterioro de la seguridad. Merecen especial consideración los procesos activos de crecimiento urbano y su relación con el deterioro de la seguridad. Es posible identificar dos desafíos principales: el crecimiento desordenado de las ciudades intermedias y el ritmo acelerado de urbanización en algunos países.
En los últimos 20 años, si bien la proporción de la población urbana que vivía en condiciones de tugurio30 disminuyó en términos porcentuales -del 33% al 24%-, la cantidad absoluta de personas en estas condiciones aumentó de 106 a 111 millones en América Latina y el Caribe (ONU-Habitat 2012).
En términos generales, el crecimiento demográfico y la urbanización han perdido fuerza en la región (ONU-Habitat 2012).
Los puntos de inflexión de la urbanización en América del Sur fueron en 1960, y en América Central, en 1965 (ONU- Habitat 2010-2011), con gran impulso de migraciones internas hacia las urbes. Por ejemplo, en 1950, había en la región 320 ciudades con al menos 20,000 habitantes; medio siglo después, la cifra se acercaba a las 2,000 ciudades (Rodríguez 2011). Así, la urbanización avanzó más rápido que la capacidad de respuesta de las instituciones y de las propias comunidades, lo que generó que amplias capas de la población quedaran fuera de la cobertura estatal y de las redes de protección social.
Aunque los niveles delictivos entre esas primeras generaciones de migrantes internos no fueron altos, a la postre creció el número de personas que incurrieron en delitos entre las segundas y terceras generaciones en comunidades relativamente marginadas.
El crecimiento del delito en grandes urbes, como São Paulo, Río de Janeiro, Ciudad de México y Buenos Aires en los años 1980, da cuenta de estas nuevas generaciones de jóvenes que crecieron en periferias marginadas (Bergman 2009; Beato y Couto 2009). Diversos estudios han mostrado cómo estos barrios en desventaja, desordenados física y socialmente, así como con bajos ingresos, han tenido un mayor despliegue del delito (Geneva Declaration Secretariat 2011; Alda 2012; Escobar 2012).
Se ha identificado una fuerte correlación entre el crecimiento urbano y el delito. La mayoría de los países que tuvieron un crecimiento de la población urbana superior al 2% anual-el crecimiento demográfico natural-, también tuvieron incrementos en las tasas de homicidio -con la excepción de Colombia y Paraguay-.
El problema no parece ser el tamaño de la ciudad, sino la capacidad institucional para incorporar a los sectores que se encuentran en los barrios, colonias y villas en condiciones de marginalidad. En un estudio realizado en 50 ciudades en el mundo, el Banco Mundial encontró que no hay pruebas que permitan vincular el tamaño de las ciudades y la violencia, pero sí hay una fuerte relación entre la tendencia de urbanización y las tasas de homicidio. El ritmo de urbanización de las ciudades es un factor clave para tener en cuenta en la vulnerabilidad con respecto a la violencia (Banco Mundial 2011a).
Los facilitadores son factores que inciden en el delito y la violencia, sin ser sus causas estructurales. La presencia de armas de fuego, el tráfico de drogas y el consumo de alcohol actúan como impulsores de la inseguridad.
Según la teoría criminológica de la disuasión, una persona tiene menos incentivos para cometer un delito si sabe que las probabilidades de ser sancionada son altas (Paternoster 1989). Además, los ciudadanos tendrán más incentivos para respetar las leyes establecidas si consideran que su aplicación es justa, proporcional al delito y respetuosa de los derechos humanos y del Estado de Derecho. La corrupción estatal y la impunidad son dos elementos q ue no podemos soslayar al momento de analizar el incremento geométrico de los delitos.
Dijimos más arriba que la seguridad tiene solución, que requiere acuerdos de Estado para transformar a la política de seguridad en una política de Estado.
Ahora bien, cómo se llega a ello, en primer lugar aplicando el garantismo que enunció Luigi Ferrajoli para todos los ciudadanos y no sólo para los delincuentes, a quienes se debe juzgar y encarcelar en resguardo de la los derechos, libertades y bienes de la ciudadanía.
La remanida frase que los ladrones entran por una puerta y salen por la otra, es una lamentable realidad. Ello ocurre, en parte por la laxitud de ciertos ordenamientos procesales, pero eminentemente por dos razones: la desidia en su persecución y juzgamiento y la baja graduación de las penas. Argentina tiene en relación a Brasil, Chile o Estados Unidos una menor proporción de presos por cada millón de habitantes. Eso significa lisa y llanamente que hay un ejército armado irregular e ilegal de entre 50 a 60 mil individuos que se dedican a cometer delitos contra la propiedad. Si se los detiene, lleva a juicio y se los condena a penas de prisión efectiva podremos advertir en poco tiempo cómo se reducirá ostensiblemente el índice delictivo y así se restaurará la seguridad pública.
¿Qué debemos hacer desde la Política?
1.- Atender de manera integral los múltiples factores socioeconómicos asociados al delito y a la violencia en nuestro país.
2.- Contener y mitigar los facilitadores del delito: armas, drogas y alcohol.
3.- Atender los factores de riesgo y vulnerabilidad que afectan a los jóvenes, y generarles entornos de oportunidades y protección.
4.- Fortalecer el tejido social, como espacio de protección y movilidad social.
5.- Promocionar una sociedad solidaria, con reencuentro con los valores, como alternativa de una sociedad hiperconsumista; arraigar que el "éxito" es ser mejor y no sólo tener más.
6.- Combatir la corrupción y disminuir la impunidad.
En el Informe del PNUD de referencia, se concluye que: "el robo constituye un problema de inseguridad común para la mayoría de los países de la región. Destacan tres hallazgos: En América Latina se ha extendido el problema de robos, y el uso de violencia ha aumentado. La gran mayoría de los robos involucran valores relativamente menores y no se denuncian. Se han desarrollado amplios mercados de productos robados, a través de una gran cadena de comercialización.
El robo se ha convertido en un acto más cotidiano que excepcional en la región y en nuestro país. La mayoría de los delitos que ocurren son robos. Así como hay avances notables en la sistematización del registro de homicidios, no se ha logrado esto con los robos. Éstos consisten en el despojo de un bien o patrimonio. Las leyes distinguen varias modalidades de robo con distintas penalidades; la más común es la distinción entre robo y hurto. En el primero, hay una presencia física y consciente de la víctima al momento del despojo, mientras que el segundo se refiere a un acto donde la víctima no reconoció el momento o no se encontraba físicamente en el lugar. Los hurtos, por naturaleza, no son violentos, mientras que los robos generalmente lo son. Asimismo, para ciertas categorías de robo, hay muchos países que lo clasifican en forma separada dada su naturaleza o tipo: robo a casa-habitación, robo de automóviles o el robo de ganado (abigeato), entre otros (Bergman 2013).
Los países latinoamericanos no sólo registraron más delitos que los de una muestra de países de Europa y Asia con una población menor, sino que presentan una tendencia opuesta. La gran mayoría de los países de Eurasia, como Rusia, Ucrania y Georgia, muestran descensos en los registros de robo, mientras que en América Latina la tendencia es al alza. Cabe mencionar que en algunos países como Chile se han realizado esfuerzos para motivar la denuncia, lo cual puede explicar aumento en el registro de robos. Podría ser más preciso analizar la evolución del robo a partir de la tasa de victimización, pues la "cifra oculta" o cifra de no denuncia en los delitos relacionados con el robo y el hurto suele ser muy alta.
Las encuestas muestran que más de la mitad de los detenidos por robo habrían robado relativamente poco dinero o productos de bajo valor, y menos de la mitad lo hacían en forma continua. Es decir, habría muchas personas involucradas en muchos robos de cantidades pequeñas, lo que refuerza el hallazgo de este informe a través de las encuestas de victimización: el robo tiene una alta frecuencia en la región. Las encuestas de victimización muestran que la gran mayoría de los robos suelen ser de bienes personales o de uso corriente.
Las estadísticas disponibles para algunos países corroboran que, junto al incremento del robo, también existe un marcado crecimiento en el último año en el uso de la violencia al cometerlo. La violencia o amenaza en los robos suele involucrar el uso de arma de fuego o arma blanca. En algunos casos, ya sea porque las víctimas del robo se resisten o porque el victimario es inexperto o incapaz de someter a la víctima por medio de la amenaza del arma, el atacante la dispara, por lo cual, algunos robos pueden derivar en heridas graves u homicidios (Blumstein 1995, 2000 y 2003).
De acuerdo con la encuesta LAPOP-PNUD 2012, cerca del 80% de las personas en la región que declaran haber sido víctimas de un delito en los últimos 12 meses sufrieron algún tipo de robo, ya sea con o sin violencia. Como muestra el cuadro 3.12, en Chile y Uruguay la mayoría de los robos se cometen sin violencia. Lo mismo se observa, aunque en menor medida, para países como Costa Rica, Perú y Bolivia. En ningún caso, el porcentaje acumulado de otros delitos excede el 35%, y México es el país donde la explicación de la victimización por el robo es más baja.
Las encuestas a reclusos ratifican el uso extendido de armas y de violencia física en los robos. Hay una importante disparidad en el porcentaje de reclusos que reportan haber portado armas de fuego en los robos. En Argentina, el uso de armas de fuego en los robos es muy alto, prácticamente el 80%, mientras que en El Salvador y Chile es del 36%. Llama la atención también que la mitad de los robos reportados por los internos en Argentina se efectuaron con violencia; 39% en México, 37% en Chile, 30% en Perú y Brasil, y 12% en El Salvador.
Los datos desagregados por género muestran que, en general, las mujeres son en mayor proporción víctimas de robo sin arma ni agresión física, mientras que los hombres son víctimas de robo a mano armada. Lo anterior reafirma que la inseguridad impacta de manera diferenciada a hombres y a mujeres, y que es necesario prevenir y atender el delito tomando en cuenta estas diferencias.
El Estado debe propender a que quien sea víctima de un delito, cualquiera sea su índole formule la denuncia correspondiente, para ello es menester:
Mejorar los sistemas de información.
Fortalecer los sistemas de denuncia con procesos más expeditos y con mayor capacidad de respuesta local.
Darle prioridad a la disminución de los homicidios, especialmente en países y ciudades que tienen tasas mayores a 10 por 100,000 mil habitantes.
Adoptar acciones para disminuir el robo y el hurto, conteniendo la expansión de los mercados ilegales.
Responder a la percepción de inseguridad, atendiendo a las múltiples variables que influyen en el temor al delito.
De tal manera, Se recomienda que la intervención de las instituciones del Estado se centren, al menos, en cuatro factores para combatir el robo y hurto: el aumento de la denuncia por parte de la ciudadanía; la contención de los mercados ilegales -dirigiendo las acciones contra los eslabones de la cadena que centralizan la distribución y reciben mayores ganancias-; la intervención en las "zonas rojas" donde se concentra el mayor número de delitos; y el fortalecimiento de la cultura ciudadana.
Lo anterior requiere intervenciones complejas, que atiendan las múltiples dimensiones de este fenómeno. En el caso del robo de vehículos y de celulares, el trabajo conjunto con las empresas aseguradoras y con los operadores de telefonía es clave para identificar estrategias que contribuyan a disminuir los incentivos y protejan a los propietarios (con lógicas de mercado que permitan el acceso a repuestos -en el caso de los vehículos- y equipos, a precios asequibles, entre otras medidas).
Más que dirigir la acción del Estado contra el delincuente callejero o pequeño distribuidor, es preciso que las intervenciones institucionales se centren en los mercados mayores. Los robos de menor cuantía requieren una respuesta diferenciada, más centrada en la prevención.
La inseguridad ciudadana es un fenómeno complejo que incluye diferentes amenazas: aunque el análisis de las tasas de robos y homicidios ofrece un panorama útil, aún resulta insuficiente. Por eso, para entender las amenazas a la seguridad ciudadana, es necesario analizar el contexto en el que surgen y se desarrollan, el perfil de las víctimas y de los victimarios, la manera cómo interactúan y sus impactos en la ciudadanía.
Por delito callejero se entienden los actos motivados por afán de lucro, como hurtos y robos de pequeña cuantía, que suelen ocurrir en lugares públicos y pueden involucrar, en algunos casos, amenazas de violencia, golpes o lesiones contra las víctimas.
Transcurren con mayor intensidad en entornos urbanos y generalmente no se denuncian. Aunque parezcan menores, estos delitos son los que atentan con más frecuencia contra la seguridad de los ciudadanos. Por esta razón, cuando se habla de una ciudad segura o de un barrio seguro, generalmente se alude a la poca ocurrencia de delitos callejeros. Como puede observarse, en casi todos los países de América Latina, las personas identifican este tipo de delito como la principal amenaza a su seguridad. De manera agregada, el 48% de los latinoamericanos identifica a la delincuencia común como su principal amenaza (LAPOP 2012).
Aunque faltan estudios sistemáticos en América Latina, la evidencia mundial y la experiencia de campo sugieren que el delito callejero se asocia, generalmente, con condiciones de marginalidad.
Las encuestas de cárceles muestran que la reincidencia entre los reos acusados por robo es significativa. La literatura apunta que, a medida que las infracciones sucesivas se quedan sin castigo, puede presentarse un círculo vicioso entre hechos delictivos y marginalización cada vez más intensa (Cloward y Ohlin 1960; Mettifogo y Sepúlveda 2005).
Destaca la poca información y la subsecuente escasez de análisis sobre el delito callejero en la región. Se sabe que afecta no sólo a las clases medias y altas, sino también a los pobres, quienes cuentan con menos recursos materiales para procurarse protección. Ante la gravedad y letalidad de otras amenazas a las que se enfrenta la región -como es el caso de la delincuencia organizada-, las autoridades suelen concentrarse en violencias mayores.
Sin embargo, el delito callejero es justamente la amenaza que más afecta, de forma insistente y cotidiana, al ciudadano promedio a través del principal delito que se le asocia: el robo.
La inseguridad tiene múltiples impactos negativos en el desarrollo humano: afecta profundamente las capacidades y las libertades de las personas, la manera como construyen la vida en sociedad y su relación con las instituciones del Estado. La inseguridad genera importantes costos, desde el gasto público de las instituciones y los gastos privados de los ciudadanos para procurarse seguridad, hasta los costos irreparables en la vida y en la integridad física de las personas.
Los impactos de la inseguridad en el desarrollo humano no pueden abordarse desde una perspectiva lineal de causa-efecto. Su análisis requiere un enfoque que reconozca la heterogeneidad de las causas y los efectos, así como las conexiones que existen entre estos impactos. Las amenazas que afectan a los individuos tienen consecuencias para la sociedad en su conjunto. Asimismo, lo que ocurre en los espacios colectivos -comunidades e instituciones- tiene implicaciones para los ciudadanos. Además de afectar múltiples dimensiones, los impactos pueden ser interdimensionales; es decir, lo que sucede en un ámbito específico -por ejemplo, en el hogar- genera consecuencias negativas en otros espacios -por ejemplo, en la escuela o en el espacio público-. Los impactos de la inseguridad tienen, entonces, un fuerte componente endógeno, con efectos negativos que se retroalimentan y se multiplican.
En Argentina, las y los ciudadanos han tenido que cambiar su cotidianidad para evitar ser víctimas del delito, lo que ha restringido de distinta manera sus libertades. La inseguridad genera impactos colectivos: transforma y cambia la manera como las personas construyen sus vínculos sociales, deteriora el espacio público y acentúa la desigualdad y la exclusión urbana.
La victimización y el temor al delito erosionan la confianza de las personas y estimulan, en algunos casos, el respaldo a medidas represivas que vulneran sus derechos democráticos. La inseguridad ciudadana tiene consecuencias significativas para la sociedad, con costos altos en términos del PIB, del gasto público e incluso en la esperanza de vida.
La inseguridad genera impactos en el desarrollo urbano en diferentes niveles. El Informe Mundial del Estado de las Ciudades (ONU-Habitat, 2012) revela que las ciudades de América Latina son las más afectadas por la inseguridad.
La encuesta de expertos realizada en 50 ciudades de países de ingreso bajo y medio muestra que la inseguridad impacta negativamente la dimensión Calidad de Vida del Índice de Prosperidad de Ciudades desarrollado por ONU-Habitat (2012).
Se han identificado los siguientes impactos de la inseguridad en las ciudades de América Latina: La cohesión social. Según Antanas Mockus (alcalde de Bogotá en 1995-1998 y 2001-2003), la violencia, en sus diferentes niveles, afecta la cohesión social, es decir, la red de relaciones familiares, profesionales, espirituales y vecinales que tejen una ciudad. Esto debilita los vínculos sociales y los valores urbanos compartidos. Cuando las sociedades están menos unidas y no disponen de referentes de control social o cultural, pueden ser más vulnerables a la violencia y más propensas a incubar comportamientos violentos.
La forma y la estructura de la ciudad. La forma y la estructura de la ciudad y de sus espacios públicos inciden en la inseguridad: se sabe que la inseguridad urbana se nutre del deterioro y el mal diseño de los espacios públicos, así como de los problemas de localización, de accesibilidad e incluso de la falta de iluminación y de la mala calidad de la infraestructura urbana y de la planeación. Pero en la otra dirección, la inseguridad afecta el espacio público, y así, los espacios públicos vacíos o violentos dificultan su apropiación por parte de la comunidad. El resultado es una afectación negativa en la convivencia social: éste es un efecto común en las ciudades latinoamericanas.
La inseguridad tiene un impacto en la vida de la ciudad que se expresa en nuevas actitudes: preferencia -más allá de criterios de comodidad y oferta de productos-, por los centros comerciales cerrados en lugar del comercio tradicional; preferencia por urbanizaciones y condominios cerrados en lugar de las áreas con uso de suelo mixto y con diversidad social. El resultado es la segregación urbana que a la larga también incide en nuevas prácticas de desarrollo inmobiliario y de producción de ciudad.
La gobernanza urbana. La inseguridad suele venir acompañada de un incremento de la demanda de respuestas de políticas públicas efectivas por parte de la ciudadanía y de la opinión pública. Si el gobierno local no está preparado para brindar respuestas oportunas, la gestión política de la ciudad se ve afectada, lo que mengua su legitimidad.
Los costos contables de la inseguridad pueden discernirse de la siguiente manera:
DE ANTICIPACION
-Gastos en seguridad
- Gastos en seguros
- Gastos preventivos
-Gastos en prevención de la delincuencia
- Gastos en seguridad privada
CONSECUENCIA DIRECTA
- Propiedad robada o dañada
-Impacto emocional y psicológico
- Servicios de salud
- Gasto de apoyo a víctimas
- Reparación a víctimas
-Disminución de la acumulación de capital físico, capital humano y capital social
- Deterioro de la infraestructura Física
CONSECUENCIAS DIRECTAS
- Policías
- Fiscalías
- Prisiones
- Magistraturas y cortes
- Costos de defensa legal
- Costos de investigación
-Costo de rehabilitación y reinserción
Las tres instituciones basales - policías, jueces y cárceles- representan los puntos nodales de la llamada "cadena de justicia". Ésta se define como la serie de instancias que el ciudadano debe seguir para acceder a la justicia (ONU-Mujeres 2011, 48).
La cadena es compleja y varía según el sistema jurídico de cada país. El primer eslabón es la ocurrencia del delito, seguido por su denuncia, la investigación, la imputación y la sentencia. En caso de que la sentencia del juez sea condenatoria, el acusado puede terminar en la prisión. En este esquema, debe agregarse la reincidencia con fines analíticos, ya que, de ocurrir, la cadena de justicia vuelve a su primer eslabón.
La cadena funciona como un embudo. Es decir, se hace más estrecha a medida que avanza el proceso. Un porcentaje mayoritario de los delitos quedan impunes al no ser enunciados: ésta es la denominada "cifra oculta". Sólo una pequeña fracción de casos llega a la etapa de juicio, y una proporción mucho menor de delincuentes ingresa a la cárcel (Carranza 2004, 57). La escasa confianza en el sistema judicial incide en la baja denuncia: por ejemplo, en Colombia la denuncia es del 24.5% (encuesta realizada por el DANE 2013).
La efectividad del sistema de justicia varía de acuerdo con la gravedad y complejidad de los delitos. La cadena de justicia, generalmente, muestra mayores tasas de imputación para los delitos que demandan menores esfuerzos de investigación. Los policías, fiscales y jueces tienden a concentrarse en la detención y sanción de personas que son fáciles de detener, en vez de hacerlo con criminales organizados que requieren mayor labor de inteligencia y coordinación interinstitucional (Bergman 2002).
Este es el caso de los delitos caracterizados por la flagrancia, como el hurto, la portación de armas o los delitos relacionados con estupefacientes. En el caso de los homicidios o las violaciones, las imputaciones son más difíciles y, por lo tanto, más bajas (La Rota y Bernal 2013). El Estudio comparativo de población carcelaria, PNUD (2013), por ejemplo, indica que la proporción de los internos que fueron detenidos -en flagrancia- el día en que fue cometido el delito es alta en los seis países de la encuesta. El porcentaje es mayor al 60% en Argentina, Brasil y México; en Perú, llega al 56.4% y en El Salvador, al 44.8%.
Esta situación se agrava por los elevados índices de reincidencia, pues los infractores recurrentes generan una sobrecarga para el sistema de justicia, que para el caso de Argentina representan el 38.6 % de los delincuentes.
Por ello, propongo esta reformulación de los delitos de robos y hurtos y la someto a la consideración de mis pares a fin de abrir el debate y aprobar la ley.
Proyecto
Firmantes
Firmante Distrito Bloque
ASSEFF, ALBERTO BUENOS AIRES UNIR
Giro a comisiones en Diputados
Comisión
LEGISLACION PENAL (Primera Competencia)
COMUNICACIONES E INFORMATICA